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Las cosquillas son el primer chiste de nuestra vida

Uno de los momentos en que más disfruto de mi trabajo de investigación con monos o niños es cuando nos hacemos cosquillas. Éstos se parten de risa, literalmente, y nos produce una felicidad contagiosa que dura horas.

Existen dos tipos de cosquillas según la ciencia. Una es la reacción primitiva que provoca el picor en la piel y que hace que actúes, llamada knismesis. Ésta se activa cuando hay movimientos sobre la piel para protegernos de picaduras de insectos, parásitos u otros agentes extraños, y así poder quitárnoslos de encima. Se desarrollaron hace millones de años en muchas especies para detectarlos en tu piel y expulsarlos.

Pero, ¿qué pasa con los temidos ataques de cosquillas? Son las que más nos gustan, aunque lo neguemos, y se llaman gargalesis. Curiosamente sólo se producen por contacto físico con otras personas. Son las que se hacen entre amigos cuando juegan, las parejas, o también entre una madre y sus hijos. En algunas partes del cuerpo es más fácil provocarlas, pero pueden hacerse en varias partes del cuerpo. Éstas nos hacen reír a carcajadas, sin control, y las disfrutamos desde que somos bebés.

Lo misterioso es que son fibras nerviosas relacionadas con el tacto y el dolor. Pero cuando se convierten en algo que aparece exclusivamente al interaccionar con otras personas, eso nos lleva a preguntarnos sobre su función, ya que, como afirma el dermatólogo Samuel Selden, “ya no es sólo un reflejo, sino también un comportamiento social”.

Otros animales las tienen igualmente. El neurocientífico Robert Provine las ha estudiado en varias especies y cree que se tratan del estímulo primario de la risa, es decir, su antecedente. En grandes simios como los gorilas o chimpancés son idénticas a las de los humanos y utilizan los mismos patrones de movimiento y reacción. Es sencillo conseguir hacerles reír mediante cosquillas y además parecen no querer parar nunca. Os aseguro por experiencia que es realmente difícil deshacerse de ellos. También otros animales como los perros, los elefantes y hasta los roedores parecen tener mecanismos que se parecen mucho a las cosquillas.

Entonces, ¿por qué en algún punto de la evolución las cosquillas se convirtieron en algo divertido? Uno no se las puede hacer a sí mismo. Necesita al menos un compañero. Eso significa que su función es reforzar las relaciones con otros miembros mediante el placer y la alegría que producen.

Las primeras nos las hace nuestra madre, pero esa felicidad que nos generan hace que las usemos en otras relaciones sociales a partir de los pocos años de edad, especialmente entre amigos.

Las cosquillas, por lo tanto, vendrían a ser “el primer chiste de la Historia”. El inocente pero amenazador “¡ay, que te pillo!” y el cariñoso “cuchi-cuchi” español que expresamos para jugar con nuestros bebés son las bromas más antiguas de nuestra vida.

Por otro lado, el lenguaje corporal que se observa durante una sesión de cosquillas se corresponde con posturas defensivas, de modo que también nos ayudan a entrenar habilidades ante un posible ataque, ya que protegemos áreas vulnerables de nuestro cuerpo como los costados, donde hay órganos corporales importantes, el cuello o las plantas de los pies.

Desde que aparecieron hace millones de años, las cosquillas se convirtieron en el más fantástico de los juguetes que existen y en una estrategia excelente para relacionarse, ya que sólo dos personas que se sientan unidas pueden hacerse cosquillas la una a la otra. Una vez más, estamos ante otro de esos mecanismos “mágicos” con los que la vida ha premiado las relaciones de calidad y que sirven para crear lazos con aquellas personas que sentimos como especiales.

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