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Al fin y al cabo, lo que importa es conservar la dignidad

Al fin y al cabo, lo que importa es conservar la dignidad

Por Patricia Ramírez

Lo último que una persona puede perder es su dignidad. Y lo último con lo que podemos jugar las personas es con la dignidad de otros. Esta es sagrada. La dignidad se define como “la cualidad del que se hace valer como persona, se comporta con responsabilidad, libertad, seriedad y con respeto hacia sí mismo y hacia los demás, y no deja que lo humillen ni degraden”. Todos y todas nacemos con dignidad. No se compra, no se gana, no te la conceden. Sencillamente, la tienes. Es tuya. En parte somos responsables de perderla o de permitir que otros nos la degraden.

Se pierde la dignidad cuando…

No diriges tu vida según tu escala de valores

Existen unos valores universales y otros que uno acaba eligiendo y priorizando en su vida. Tal vez deberíamos dedicar un poco de tiempo, igual que lo dedicamos a estudiar, leer o hacer deporte, para conocer qué reglas y valores rigen nuestra vida. ¿Alguna vez has hecho una lista de cuál es tu top ten de valores? Tenerlos claros y presentes nos ayudará a comportarnos de forma coherente. Y si tienes dudas en cuanto a una decisión, peca de prudente.

Si nunca te has planteado este tema, puedes empezar por ejemplo definiendo tu lista y comenzando a focalizarte en ellos. Elige un valor por semana o por mes y anota cada noche todo aquello que has hecho a lo largo del día que esté alineado con ese valor. Al focalizarte en tus valores, también te darás cuenta de todas las veces en que metemos la pata. La mayoría de ellas son pequeñeces, pero otras no lo son tanto. Así que focalizarte es ser consciente. Y esto nos ayuda a abandonar malos hábitos, como pitar conduciendo, no ser amables, generosos, bondadosos y compasivos con los demás. Se trata solo de abrir un poco los ojos.

Si la conciencia te está hablando, escúchala

La conciencia, la intuición o como desees llamarlo. Ponle el nombre que más te guste. La mala conciencia, ese malestar, el sentimiento incluso de desaprobación con uno mismo, de culpa o de remordimiento nos suele surgir cuando actuamos en contra de esos valores o cuando no somos coherentes con los objetivos que nos hemos propuesto. Tenemos mala conciencia cuando nos saltamos la alimentación saludable o cuando nos vamos del trabajo, a pesar de cumplir con el horario, con parte de las tareas sin hacer.

La conciencia nos dice: “Te estás equivocando, ¿estás seguro?”, “¿Esto será bueno para ti?”, “¿No te arrepentirás luego?”. Sabemos que gritar, ofender, criticar u obviar la ayuda a otros está mal, pero lo hacemos. Si no nos sintiéramos mal por ello, seguro que repetiríamos el mismo comportamiento, lo normalizaríamos, y el mundo sería bastante más cruel y menos humano.

Así que la conciencia nos da pataditas para que agudicemos el corazón y la humanidad. Nos pide que reflexionemos, que valoremos las consecuencias de nuestras decisiones. Y que busquemos con ello respetarnos a nosotros y respetar a los demás. Si sientes que la conciencia te está hablando, deja de lado la impulsividad, apunta en una libreta qué está pasando por tu cabeza, cómo te hace sentir, y piensa si hay una alternativa más compasiva y bondadosa.

Los derechos humanos son lo mínimo

Independientemente de tu color, religión, ideas políticas, orientación sexual, idioma o cualquier otra diferencia, todas las personas tenemos derecho a ser tratadas con respeto y a tener unos mínimos que nos permitan vivir con esa dignidad. Trabajo, vivienda, alimentos, higiene. No todos tenemos acceso a este mundo, pero sí que tenemos todos y cada uno de nosotros la obligación de velar por los derechos y la dignidad de aquellos que se encuentran en situaciones desfavorecidas o de desventaja. No es una opción, es una obligación ética y moral. Si tienes la suerte de haber nacido en un lugar privilegiado o en una familia privilegiada, no te pongas la venda en los ojos. No pienses que la vida tiene estos desequilibrios y que tú has tenido suerte. Tal vez tu suerte es el motor o la señal para que te involucres mejorando la vida de otros.

Poner límites es poner respeto

Poner límites con relación a la dignidad significa elegir el tipo de relaciones que queremos establecer con el entorno, empezando por el jefe, pasando por los compañeros de trabajo y terminando por el grupo más significativo, como son los amigos y la familia. Pierdes la dignidad cuando permites que te hablen sin respeto, que te comparen, te humillen, se burlen de ti, o cuando consientes y permites conductas por parte de otros que son contrarias a tus valores. ¿Alguna vez alguien te ha propuesto hacer un “simpa”?; ¿tu pareja te ha planteado tener una relación más abierta y se te han puesto los ojos como platos?; ¿has permitido que tu grupo de amigos se cebe con algún conocido, al que han puesto de vuelta y media, sin piedad y sin corazón?; ¿alguien se ha dirigido a ti de forma humillante, despectiva? Existen cientos de situaciones en las que no estamos cómodos. No permitas que ocurran delante de ti o que las tengan contigo. Para, di no, pide respeto, vete del lugar, no cedas… Siempre estás a tiempo de elegir tu respuesta, tu reacción, tu modo de vivir ese momento. Y sí, puede llevarte a pérdidas. Perder amigos, perder un trabajo, alejarte de familiares. Pero, oye, con la conciencia bien tranquila.

No en nombre del amor

Quien te pida lo que no quieras dar, quien trate de manipularte para que accedas a lo que no te apetece, quien te exija sacrificios injustos y poco dignos en nombre del amor, no siente amor por ti. Ni como familiar, ni como amigo, ni como pareja.

Perder la dignidad tiene un coste emocional enorme. Vale la pena pagar el precio para poder vivir dignamente.

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