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Empatía y fortalecimiento de las relaciones personales

Empatía y fortalecimiento de las relaciones personales

Por Patricia Ramírez.

Entre la empatía y las relaciones personales satisfactorias hay una estrecha relación. Las personas más empáticas se implican más y tienden a ayudar más a otros. Estas conductas refuerzan el vínculo que mantienen con ellas. Los vínculos sociales generan un nivel alto de bienestar e incluso hay estudios que aseguran que prolongan nuestra vida. La empatía, entendida como la habilidad de captar y entender emociones, pensamientos y comportamientos ajenos, forma parte de la inteligencia emocional. Este tipo de inteligencia nos ayuda a desarrollar una sana relación con nosotros mismos y con los demás. Incluye desde la defensa de los derechos, pasando por saber reconocer y expresar nuestras emociones, a tener la habilidad de hablar en público.

La inteligencia emocional se desarrolla de diferentes maneras, pero sobre todo por lo que aprendemos de los modelos más cercanos de conducta: familia, profesores, personas de influencia, amigos, entrenadores. Saber expresar y reconocer qué sientes no viene genéticamente determinado. Se aprende. Cuántos clientes he tenido yo en la consulta a los que les cuesta decir “te quiero” a sus parejas o expresar muestras de afecto porque dicen no haberlo vivido con sus padres. Así que si deseas desarrollar tu inteligencia emocional, y en este caso ser más empático, vamos a ver unos sencillos consejos que puedes entrenar. La empatía permitirá fortalecer tus relaciones personales. Y esto es una fuente de bienestar.

La empatía requiere desarrollar:

Una escucha activa con atención plena

Supone escuchar al otro, sin interrumpir, manteniendo el contacto ocular y dejando que se exprese sin anticiparte a lo que crees que va a decir, dar ánimos verbales: “Ah, sí, lo entiendo”, asentir y acompañar con la cabeza, tocar el brazo, tener algún contacto para dar una muestra de apoyo si la cultura lo permite.

La escucha activa también incluye no negar los sentimientos del otro con frases del tipo: “Mujer, no llores; si esto al final es una tontería”. La persona sabe que es una tontería pero necesita expresar sus emociones, no la cortes. Tú crees que al quitarle valor a su emoción y tratar de relativizar, la motivas, pero no es así. Lo que ocurre es que la confundes, ya que le estás haciendo dudar de lo que siente.

Una actitud de comprensión, caridad y compasión

Muchos amigos se vanaglorian de ser muy sinceros. Esta sinceridad absoluta incluye verbalizar todo lo que les pasa por la mente, la mayoría de las veces sin filtro. Esto daña la empatía. Porque decirle a una persona a la que quieres de forma transparente lo que no necesita oír en ese momento, genera distancia, que no se sienta comprendida y que se ponga incluso a la defensiva.

Comprender al otro incluye ponerte en su piel, en lo que puede estar sintiendo, aunque tú creas que a ti eso no te pueda pasar nunca. No necesita que le espabiles, ni que le digas: “¿Lo ves? Te lo dije”. Necesita que entiendas cómo se está sintiendo, no que le soluciones la vida con tus consejos, que ahora ya no puede aplicar. No le abras los ojos, seguro que ya los tiene abiertos. Ábrele más bien tu corazón.

No tener prejuicios ni juicios de valor

El trabajo, las reuniones, nuestras aficiones o los compromisos familiares y profesionales, nos brindan la oportunidad de conocer a nuevas personas. Para conocerse y congeniar hay que escuchar al otro sin prejuicios ni juicios de valor. Sabemos que la regla de los siete segundos nos lleva en ese mínimo espacio de tiempo a sacar conclusiones sobre las personas con las que nos relacionamos. Y posteriormente tratamos a las personas, sin darles un margen, como las hemos imaginado, no como son.

No se puede ser empático con alguien a quien ya hemos juzgado, sin darle más oportunidad de conocerle.

Pedir permiso para dar consejo

Cuando estamos con alguien a quien queremos, también deseamos ayudar. Rápidamente transformamos su dolor en soluciones que se nos van ocurriendo. Pero la mayoría de las veces las personas no necesitan esas soluciones o no están receptivas en ese momento para escucharlas.

Si crees que tienes una buena idea y que puedes ayudar a tu amigo, no seas de los que se aventuran a decir, dedo en alto: “No deberías volver a cogerle el teléfono a ese sinvergüenza, te está toreando”. Es más empático preguntar si está interesado en escuchar tu consejo: “¿Quieres saber qué haría yo en tu lugar?” o “Yo pasé por una situación similar. ¿Quieres saber qué me funcionó?”.

Aceptar las diferencias

Por muchas cosas en común que tengamos con la gente de nuestro entorno, amigos y familia, no siempre vamos a coincidir en todo. Si lo que te cuenta no es de tu agrado o no lo compartes, no te pongas a la defensiva. Acepta las diferencias. Ser empático no es conseguir que piense como tú o actúe como tú, sino dar un apoyo sincero, sin juzgar, mostrando comprensión y tratando de entender cómo se siente la persona, no cómo se sentiría si hiciera lo que tú crees que debe hacer.

Se trata de cinco sencillos consejos, pero complicados si no sueles practicarlos. Ponerlos en práctica supone entrenar y ser constante con estos consejos. Ya verás cómo tu capacidad de escucha y el aprecio de la otra persona por tu atención, mejoran muchísimo.

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