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No es lo que el año depare, es lo que tú creas

No es lo que el año depare, es lo que tú creas

Uno siempre desea y le pide a las doce uvas que el año que entra sea siempre mejor: le pedimos salud, amor, dinero, amigos, fuerza, voluntad, paciencia, cumplir los proyectos. La verdad es que le pedimos de todo. La entrada de año tiene algo mágico y es que asociamos que al cambiar de número, y este año más siendo bisiesto, la suerte puede que esté de nuestro lado.

En parte esta creencia nos favorece. El hecho de pensar que el año nuevo y bisiesto nos traerá cosas buenas nos prepara para buscarlas, atenderlas, crearlas y esforzarnos para conseguirlas. De hecho se sabe que la gente que cree tener buena suerte, la fabrica.

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Muchas otras personas se agarran a amuletos, rituales o manías para alterar el destino a su favor. Y cuando no realizan lo que les trae suerte, creen que caen en desgracia: no tomarse la doce uvas, no encontrarse el premio en el roscón de Reyes, no entrar en el año con el pie derecho, no echar un anillo de oro en la copa de cava y un sinfín de supersticiones con las que se vienen arriba o se hunden esperando del año lo peor.

La suerte la generas tú, con tu trabajo, tus contactos, tu esfuerzo y tus valores, tu saber estar y discreción, tu ojo clínico, tu intuición, todo lo que tú eres y todo lo que tienes de potencial. Nadie puede alterar el destino bajando de la cama con el pie derecho, pero sí puedes hacerlo si te levantas con actitud.

¿Qué nos ayuda a tener el año que deseamos?

  • Tener claro lo que quieres crear. Si no tienes claras tus prioridades, a qué aspiras y cuál es tu destino, difícilmente podrás trabajar en él. No dejes que el año y las circunstancias vayan eligiendo por ti. Dedica tiempo a la reflexión, a elaborar el plan de trabajo, la hoja de ruta y todo lo que necesites para alcanzarlo.
  • La actitud positiva y optimista. Venirse abajo es genial y además forma parte de la vida. Pero el optimismo ayuda más a materializar tus proyectos y vivir conforme a lo que deseas. Ser optimista no es ser imprudente y ver solo el lado rosa. El optimista vive de forma más relajada, sabiendo cuáles son los peligros, pero no dándoles el valor absoluto como para que bloqueen su vida. Ser optimista es esperar cosas buenas, y con ello llevamos la atención a la benevolencia, a lo que funciona y a lo que suma.
  • Creer en uno mismo. Lo que más nos limita no son las barreras, son las propias limitaciones relacionadas con la idea de que ya no tenemos edad para ello, que no seremos capaces, que nos falta talento o habilidad, o que no tenemos la formación suficiente. Y puede que todo esto sea cierto, o no. Y aun siendo cierto, no supone una barrera. Porque podemos aprender, con motivación y paciencia, lo que deseemos. Ni siquiera necesitas creer en ti, solo sal e inténtalo. Ponte a prueba.
  • Pensar en términos de soluciones en lugar de seguir dando vueltas al problema. Un plan nunca es perfecto; un plan nunca sale a la primera. Y si fuera así, sería la excepción. Lo natural y normal es que se trunque varias veces, que te encuentres con errores y obstáculos. Eso es lo normal. Pero muchas personas piensan que el error y el obstáculo son señales de que deben abandonar. Con tal de no hacer frente a la frustración, lo dejan. Si aprendes a convivir con el fracaso, será un aliado más que te dará mucha información y te facilitará llegar a buen puerto. Si decides tener al fracaso de enemigo, serán pocos los objetivos que puedas alcanzar porque, como ya hemos comentado, rara, rarísima vez, sale algo a la primera.
  • Rodearte de gente que sume. Las oportunidades no siempre puedes generarlas solo. Necesitas contactos, ofrecerte, pedir ayuda, acudir a charlas, talleres, actividades, lugares donde se generen ideas. Muévete, y si puedes hacerlo en compañía, mayor será la motivación.

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El año que uno desea tiene que ver con las oportunidades que uno fabrica. La suerte aparece cuando creas las circunstancias adecuadas.

Y recuerda,  cuidarse hoy es una inversión de futuro.

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